martes, abril 11, 2006

 

LA GALA SOPORÍFERA DE LAS PALABRAS.

Para matar dos pájaros de un tiro, y no agotar a la enorme minoría que nos lee, hoy hablaré de varios temas que ocupan estos últimos días en lo que a cine se refiere, y en lo que a bodrios, también.

Para empezar, hablaré de la vergonzosa, aburrida, interminable y hasta cutre gala de los Goya. Lo primero que no entiendo es por qué en todos los medios se habla tan mal de esta ceremonia, sorprendiéndose por su poca calidad y su duración. ¿Es que nadie la ha visto otros años?, no amigos, para mí no es sorprendente, TODOS los años es así, sólo que este año ya ha sido vergonzoso.

Y es una lástima, porque para mí este año, España ha regalado a los cinéfilos un puñado de buenas realizaciones, véase “Princesas, “El método”, “Habana Blues” “Obaba”, etc. De esta última, lo que no entiendo es que no sea merecedora de ningún premio nacional, y fuera nuestra representante para los Óscars. Para mi gusto, no está tan mal. Como mal estuvo el improvisado guión de los que entregaban galardones, mal estuvieron los presentadores, que parecía que estaban presentando una fiesta de fin de curso en un colegio. No lo entiendo, ¿pueden interpretar a maestra rural enamorada, a un tarado violento, a empresarios extremadamente ambiciosos, o al cocinero de una plataforma petrolífera, y no son capaces de presentar de una forma más amena, sin hacerse los graciosillos? Bueno, a la Pataky tampoco le podemos pedir mucho más.

Por último, genial el premio para Woody Allen (que por cierto, recogió su hermana, por si no lo sabían, porque ni lo dijeron en la gala), como genial los de Óscar Jaenada por ser el doble de Camarón, la BSO de Habana Blues, a Carmelo Gómez, las actrices de Princesas y a “Tapas”.
Y mi opinión sobre “La vida secreta de las palabras”: es innovadora, original, con actuaciones impecables, música exquisita.... pero no es para tanto. Es otro ejemplo de sobrevaloración de una historia con poca chicha, pocas palabras y muchos minutos.

Como la gala de los Goya, a excepción de lo de las palabras, que sobraron muchas.

Cambio de tercio; recomendaciones para el atracón antes de la pantomima de los Óscars de Jolibud. Aunque el Pájaro Espino la aconseje, no vean “Crash”, film con moralinas facilonas sobre el racismo, con delirios de peliculón. A los americanos seguro que les encanta.

“Munich”: para mí, emocionante, estéticamente genial y técnicamente impecable. A algunos le parecerá muy larga. A mí no.

“Brokeback Mountain”: lo único malo que tiene es la traducción del título, patético, aunque si nos ponemos con la traducción literal, sería “la montaña de los rompe....”, bueno, mejor lo dejamos. A muchos les parecerá un aburrimiento, y otros no irán porque les da cosilla ver una historia de dos machotes que se quieren. Yo fui en ese plan, y reconozco que me tocó la fibra ésa. Vayan a verla, no es una historia sobre homosexuales, es una magnífica historia sobre relaciones humanas.

Pero mi recomendación del mes es la producción árabe “Paradise Now”, nominada a mejor película de habla no inglesa. Relata las 24 horas previas a la inmolación de dos terroristas palestinos; sus dudas, sus razones y sinrazones, y nos narra lo irracional de una espiral de guerra generacional en la que cada día muere gente de uno y otro bando. El director se permite la licencia de narrar con humor la escena en la que los terroristas graban en vídeo un discurso antes de suicidarse. Fuerte, pero muy buena. Me quedo con una frase: “Somos muertos en vida”. Tenemos la suerte de poder verla en el Aliatar, y eso no pasa todos los meses.

Y por último, ayer pude ver “Caché (escondido)”, la última de Michael Haneke. Este tío es el director de “La pianista”, que casi me hizo vomitar, y no porque fuera mala, sino porque roza ya lo indecoroso y desagradable. Pues esta es una peli excesivamente lenta, que nos mantiene en tensión y en vilo todo el metraje, para que luego no se aclare la trama, no nos enteremos de nada y cualquier cosa valga. Ahora, agobiante sí que es, sí.

A mí estos films hacen que me plantee muchas cosas: que hay cientos de historias mucho más interesantes que contar en dos horas con esos actores impecables, que cualquiera puede hacer una película y que encima le den premios (y digan que su cine es vanguardista), o que yo he perdido ya el criterio.

Por eso me gustaría que alguien que no esté de acuerdo conmigo, escriba un comentario al Dr. Zoom.

Así que no me hagan caso, y vean lo que quieran, que quizá he ido demasiado al cine en este último mes.

DR. ZOOM.

miércoles, febrero 08, 2006

 

WOODY ALLEN, AFORTUNADO EN EL JUEGO...

Afortunado en el juego, desafortunado en amores... esta frase podría resumir la excepcional película que nos acaba de regalar, y también su excéntrica vida personal, relatada en cada una de sus obras, si consideráramos el cine como un juego.

Y es que mi querido Woody es quizá el único, o uno de los pocos directores, que en cada film nos hace sentir confidentes de su vida privada, de sus inquietudes, miedos, extravagancias. Y además, nos emociona y nos hace reír. Quizá porque esas confidencias son tan suyas como nuestras, y nos sentimos identificados.

Me cautivaron Manhattan, Annie Hall; me partí de risa con Poderosa Afrodita, Desmontando a Harry, Bananas, o El Dormilón; me emocioné con Interiores; me divertí y canté con Todos dicen I love you; y disfruté del jazz con Acordes y desacuerdos. Y por último, y sé que muchos no estarán de acuerdo, Melinda y Melinda me encantó. Pocos consiguen todo esto. Y yo no soy muy exigente.

Y ahora, llega con su “Match Point”, y les da una bofetada de las que pican a los que criticaban a Allen por su particular forma de hacer cine. Con esos montajes improvisados, desordenados, esas conversaciones cotidianas, dejando la cámara fija en un pasillo por el que habla gente, o filmando varias conversaciones simultáneas y distintas en una misma escena. Ya nos demostró esto en “Todos dicen...”, pero ahora nos ha apretado las tuercas con su llave ( llave “Allen”, ja, ja) y realiza un film impecable en cuanto a lo técnico, narrativo e interpretativo. Para mí, como decían los griegos para definir algo perfecto, es esférica, redonda.

Hasta ahora la obra de W.A., se resumiría en esta frase que decían los personajes de la cafetería de Melinda y Melinda, “cuando una historia está llena de tragedias, se convierte rápidamente en comedia”.

Pero aquí, el director se olvida del jazz para adornar las escenas con ópera, consiguiendo que la película poco a poco se torne en tragedia griega, tal y como se sospecha cuando vemos al protagonista al comienzo, leyendo la novela “Crimen y Castigo” de Dostoyevsky. También elimina por completo los comentarios sarcásticos para adentrarnos en unos personajes muy extremos: el papel principal del tenista que se va adentrando en la jé sé, la esposa repipi obsesionada con el embarazo, que calcula hasta la hora exacta a la que tienen que hacer el amor, y la sensual, provocadora amante interpretada por Escarlata Johanson.

No se pierdan la primera aparición de la actriz, en la magnífica escena de la mesa de ping- pong, con ese vestido blanco... es un vendaval de deseo y tentación, que cautiva a Rhys-Meyers y al espectador . Y aunque el protagonista poco a poco se va pervirtiendo y adentrando en un atajo que al final no tiene salida, hasta mostrar el monstruo del desenlace fatal, llegamos incluso a sentirnos identificados con él, y a veces hasta nos ponemos de su parte.

Y todo nos hace cuestionarnos si realmente estamos ante un film de Allen, y aunque nos encanta su sarcasmo, su humor y diálogos sobre sexo y psicoanálisis a los que nos tiene acostumbrados, su película es tan buena que no nos importa, ya que mueve la acción como un minucioso juez de silla, en un partido entre clases sociales, aprovechando para criticar la clase alta y la escalada a su cima de un humilde y frustrado jugador de tenis.

Me encanta la frase que para mí resume esta historia, “aquel que dijo prefiero tener suerte a tener talento, conocía la vida en profundidad”. Aunque no todo en la vida es consecuencia del azar, también influye una buena elección. La pelota da en la red y se congela: si cae en tu campo, pierdes, y si lo hace en el contrario, ganas.

Desde luego, Woody Allen nos ha ganado el partido. Por tanto, punto de partido para Woody Allen, y por mí, que le den el Óscar, la copa Davis, y hasta la copa Dalky.

DR. ZOOM.

miércoles, enero 11, 2006

 

EL COMPADRE DEL PÁJARO ESPINO.

Encantado de encontrarme de nuevo con vosotros tras este parón social y litúrgico que el mes de diciembre impone. Antes de seguir con las noticias y comentarios del Pájaro Espino, que promete dar buena caña a lo largo del mes de enero, les voy a presentar a otro de mis amigos que, junto con el Dr. Zoom y un servidor, forma el triunvirato más viperino que ha dado a luz la historia de la palabra y la crítica acertada y oportuna, el chascarrillo y el comentario de tertulia con copa de vino.

Se trata nada más y nada menos que de mi estimado y queridísimo compadre Lord Brighton O'Collins. Caballero formal, de buena planta. Peinadito con su buena gomina. Amigo de tardes de toros y de un buen vino de Jerez con su tapita de queso añejo. El corazón en la izquierda y la estampa de derechas. Como debe ser. Gran amigo, compañero y hermano del inigualable Pájaro Espino que ha compartido junto a él (o sea junto a mí) fatigas, peripecias, llantos y alegrías a lo largo de este imprevisible camino que es la vida. Gran conocedor de todo lo que tenga que ver con la solera y el rancio abolengo. Conocerlo es quererlo.

Pero como todo lo que diga sobre él es poco, les dejo ya con su primera intervención en el espacio del Pájaro Espino. No se lo pierdan. Vale su peso en oro.

EL PÁJARO ESPINO.
EL VIACRUCIS DE GRANADA.


Sábado. Una del mediodía. Corbata ajustada. Zapatos limpios. Cielo abierto. Animo inmejorable. Prisa, ninguna. Estoy preparado. Y dispuesto salgo con toda la tranquilidad que esta liturgia semanal requiere. En mi horizonte ladrillos rojos y arrayanes. A mi vera el Darro: “Río humilde ya viejo y cansado/ pues mucho se cansa como quien tu amó,/ río que marcha, su historia soñando,/ filósofo claro en tristeza de amor.” Siempre Federico.

Camino unos minutos y entro en mi segunda casa. Allí mis amigos esperando, también sin prisas, en nuestra sacristía, a que exista ya el suficiente quórum para empezar. El presidente de la reunión, el más anciano, nos brinda el saludo inicial y comienza el acto más intranscendente de la semana. El Vía Crucis de la Tapa:

Con sus catorce estaciones,
Como catorce azucenas
Comienza esta gran liturgia,
De estolas de pata negra.
Para empezar unas migas
tostadas, alpujarreñas,
Un platito de cordero,
Unas gambitas de Huelva,
Unos garbanzos con callos,
Unas pavías caseras,
Montaditos de pringá,
O de morrón con melva,
¡Que venga ya ese marisco!
Esas gambitas de Huelva
Cañaíllas de la Isla,
Glorias del mar de mi tierra.
Que salga ese solomillo,
¡No lo pases! Vuelta y vuelta
¡Un poquito de fideos!,
¡Un poquito de cazuela!
Un aliñito de pulpo
Y que no falte el Jamón
Rey de reyes en la mesa…
Catorce, catorce han sido.
Y este romance la espuela.

Intrascendencia en el más alto grado. Inutilidad por excelencia. Una vez concluida nuestro devocional encuentro, camino de vuelta hacia arriba. Ahora el Darro se encuentra a mi derecha. La melancolía se apodera de mi. Sigo siendo yo, ¡Oh fúnebre río/ Al que una reunión/ de cipreses orantes/ dé el último adiós!/ Maestro de Artistas, Azul trovador, Creo en tu misterio, ¡ Y en tu corazón!. Siempre Federico, siempre Granada.
LORD BRIGHTON O'COLLINS.

martes, diciembre 13, 2005

 

LAS SALIDAS PUENTE DEL PARTIDO SOCIALISTA.

Al Pájaro Espino se le han puesto las plumas como escarpias con la última del Partido Socialista (¿Obrero?) Español. Y si no fíjense, fíjense… que la cosa no tiene desperdicio.

Resulta que el partido de marras ha distribuido un video, o deuvedé, entre sus dirigentes donde se les enseña la manera en que deben dirigirse a la cámara, cómo deben ir vestidos en actos públicos, atarse los cordones, peinarse… y una innumerable ristra de recomendaciones que puedan equilibrar la imagen de ciertos personajillos del club. Pues bien, en el susodicho video, o deuvedé, aparece un caballero, que es el que da los consejillos en plan colegueo y buen rollito (como diría Don Arturo), y entre otros comenta: “ En las entrevistas tengan ustedes preparadas salidas puente”. Y el colega, y peor aún la dirección del partido, se queda tan a gusto. Ole, ole.

Un video público en el que directamente se enseña, recomienda y aconseja el uso de las “salidas puente” en las entrevistas. A salirse por la tangente vaya, que es como se ha llamado a eso toda la vida.

El problema está, como ya se habrán dado cuenta, señoras y caballeros, en que si uno tiene necesidad de salir por la tangente es por una de estas tres razones: O porque no sabe, o porque oculta algo, o porque intenta engañar. No hay más. Nasti de plasti.

Y miren ustedes, que se incite públicamente a capear la vaquilla en los debates y entrevistas públicas me parece bochornoso. Sí, ya sabemos que todos los politicos de cualquier ideología, por el hecho de ser políticos, deben saber esquivar los temas que no les convienen… pero no lo digan públicamente señores, disimulen un poquito. No saquen un video, o deuvedé, avisando a los españoles que, debido a su incapacidad para la vida política, van a aprender a huir de la esencia del debate, la discusión, lo que forja a un político. Aunque si no disimularon para llevarse los milloncejos en alguna legislatura de cuyo nombre no quiero acordarme mucho menos lo harán para esto.

Pues ea, queda avisado el honorable pueblo español. Que sepan ustedes que los dirigentes del partido del gobierno están aprendiendo estas maniobras marranas. Pero vaya, que no engañan a nadie. Porque al politico que no sabe o quiere mentir se le ve a la legua. Y si es socialista más (por eso les mandan el video, o deuvedé. Para que aprendan a que no se les note).

Lo mejor es que el Presi ZP, maestro de la demagogia política, no precisa tal aprendizaje. Y si no fíjense bien en él y aprenderán a vaciar de contenido palabras como libertad, derechos o pueblo, para utilizarlas con el valor que le da la mera estética. Palabras sustanciales en nuestro ordenamiento que en su boca suenan huecas. Palabras prostituidas en beneficio de las salidas puente.

Pero no desfallezcan. Aún quedan buenos oradores. Si quieren escuchar debatir a un político de verdad, échenle un ojo a Don Gustavo de Arístegui, antiguo portavoz de exteriores del Partido Popular. Un politico que habla con datos contrastados, conoce la actualidad, el mundo y los problemas de la calle. Y además tiene una oratoria impecable. Va directo al núcleo del debate con conocimiento de causa. Vaya, que da gusto oírle hablar. Y, señores socialistas, en la vida lo he visto salirse por la tangente.

Como el también recordado Don Julio Anguita. Que aunque era rojillo, decía las cosas como eran. Cuando este hombre salió de la política española murió el auténtico debate de izquierdas y yo me hice, irremediablemente, de derechas.

EL PÁJARO ESPINO.

jueves, diciembre 08, 2005

 

EL PÁJARO ESPINO, EL DR ZOOM, DIOS Y EL DIABLO.

Con la Iglesia hemos topado. Y también con el Diablo. El Dr. Zoom nos muestra, con su tono lenguaraz y descarnado una sana crítica (si es que las críticas pueden ser sanas) respecto al film El exorcismo de Emily Rose. Que Dios se apiade de nosotros.

EL PÁJARO ESPINO.
EL JUICIO DE EMILIA ROSA.

Como diría mi fiel amigo espinado, el pájaro ése, uno de los criterios para decir que una peli es buena (aunque no el único), es que el título y la promoción que se le da, no sea engañosa. Yo no estoy del todo de acuerdo, ya que si seguimos este criterio, “Virgen a los 40”, o “El clan de los rompehuesos”, serían buenas.... pero creo que en cierta medida, es cierto. Las películas que acabo de mencionar no nos intentan vender algo que no son; son basura y así nos la ofrecen, sin más.

Pero lo contrario le ocurre a muchas películas “de miedo”, y en el caso que nos ocupa: “El exorcismo de Emily Rose”. La cosa pinta muy bien, con un cartel que eriza el vello de mis brazos y unos trailers muy prometedores, pero luego, la realidad es otra.
Y es que ya muy pocos realizan bien este género; parece que el único recurso es el susto con la música a toda mecha, y si no, la típica de un grupito de jovenzuelos que van muriendo como chinches, léase “Scream”, “Pesadilla en Elm...”, o esa de “Te la tengo jurá por lo que me haces to los veranos”, o algo así, (cada una con toooodas sus secuelas, precuelas y sanguijuelas). De las últimas, se salva Frágiles, que está bastante bien.

Todos estos filmes dieron paso a una oleada de películas (que aún no se ha acabado) coreanas, chinas y japonesas, que abrieron un nuevo género muy esperanzador, con la más que correcta “ The ring”. Pero llegó el imperio yanqui y se ocupó de rodar remakes de cada una de ellas; luego, los coreanos hacen la secuela, luego la precuela, es decir, lo que pasó antes de la primera, pero de la coreana, no de la americana, y luego los americanos hacen el remake de la secuela y de la precuela... es decir, la pesadilla que se muerde la cola.

Y yo ya no sé cuál he visto, si la segunda parte de la coreana, o lo que ocurrió antes de la primera de la yanqui; si La maldición dos, pero la china, o la de las humedades en el techo, que si es americana es La Huella, y si es coreana, se titula Dark Water. Para ello no es buen método recordar los argumentos, porque en todas muere un niño o niña en una acequia o en un pozo, creo.

A lo que íbamos, en “El exorcismo...” no está mal, pero nos la han vendido como una peli terrorífica, cuando en realidad es un largometraje sobre el proceso judicial al sacerdote que celebró un exorcismo (un siempre creíble Tom Wilkinson) a una pobre chica que no sabemos si es epiléptica o satánica. De manera que durante el juicio, se van introduciendo una serie de flash-backs que nos muestran los síntomas de posesión de la chica, que a mí no consiguieron siquiera ponerme un poquito tenso, a excepción de las ancianas a las que le salen ojeras, que ya nos había destripado el anuncio de tv. La abogada que defiende al cura, es Laura Linney, cuya actuación es bastante correcta, contra un estirado fiscal que es Campbell Scott, (el guapito de Elegir un amor, enfermo de leucemia que ligaba con Julia Roberts), con un corte de pelo a lo Zaplana.

Total, los que quieran pasar miedo, ni tendrán sustos, ni nada, creo, ya que el director recurre a las típicas frases en latín y arameo de las que ya estamos inmunizados, a una poseída o (posesa) haciendo aspavientos y revolcándose por el suelo. Y para los que les guste las pelis de juicios, están mejor los procesos de Testigo de cargo, JFK o En el nombre del padre.

La sombra de El exorcista ( y de sus inmejorables banda y efectos sonoros) es muy alargada, y al hacer una película que trata del mismo tema, es muy difícil no compararlas. Y más cuando la publicidad es engañosa.

PD.(para los que ya la han visto): Eso de que aparezca muerto el único testigo que puede salvar el caso, ya está demasiado trillado.
DR. ZOOM.

lunes, noviembre 28, 2005

 

SONETOS DEL PÁJARO ESPINO II

A las críticas descarnadas y parbularias que Poliseo vomita por su boca, el Pájaro Espino contesta con el arte y el trino artístico que emanan de su pico de oro:


Me llevan de la mano al otro mundo
el sueldo de Ronaldo y el de Figo,
las comidas sin sal y que contigo
cada hora se me pase en un segundo.

Les pido me sujeten, que me hundo,
si veo que sube el pan y baja el trigo,
y empiezo a desvariar si, como digo,
prefieren Salsa Rosa al Vagamundo.

Me llevan de la mano al matadero
las arañas que tejen como artistas
el discurso vacío de Zapatero,

la puta sociedad de las revistas,
que no le den el Nobel a Quintero
y el look de Armani de los socialistas.

EL PÁJARO ESPINO.

jueves, noviembre 24, 2005

 

RELATOS DEL PÁJARO ESPINO I

LA NOCHE ETERNA.

Abro los ojos. Lentamente. El paisaje de negrura que, hasta ahora, inundaba mi conciencia va asumiendo un tenue halo de claridad que, poco a poco, da forma y delimita los contornos de lo que existe a mi alrededor. No veo con nitidez, sólo percibo siluetas, bultos, formas indeterminadas. Me esfuerzo por recobrar la visión. Como en ese fugaz y veloz instante en que te despiertan con prisa porque no ha sonado el despertador y se te hace tarde. Ese momento donde se solapan sueño y vigilia dejando tu visión acorralada entre dos mundos, luchando por volver a la realidad. Ese momento en que Morfeo y Hera se disputan la propiedad de nuestra pobre existencia. Niños que codician un mismo juguete. Espero unos pocos segundos. Las formas se hacen cada vez más claras pero no del todo diáfanas. Como si un pliego de papel vegetal se hubiera fundido amorosamente sobre nuestra realidad terrenal. Aún así agradezco el despertar. El amanecer es siempre signo de esperanza para el ser humano. Es preferible una limitada percepción de un entorno difuminado al vasto piélago azabache de nuestra inconsciencia.

No tengo claro dónde estoy. Ni tan siquiera dónde debería de estar. Apelo a mis recuerdos pero no consigo llegar hasta ellos. Es raro. Pero más rara todavía es esa sensación de falta de preocupación que me invade. Perdida la noción del tiempo y casi la del espacio. Lo más insólito es que no siento un gran desasosiego por mi evidente sensación de dispersión, de falta de ubicación. Al contrario. Es una extraña tranquilidad la que me acoge en estos momentos. Extraña por hacerse presente en un momento de incertidumbre y extraña por no saber de dónde procede.

Me reconozco sentado. Con las piernas estiradas y la espalda apoyada en una superficie lisa. Un recuerdo irrumpe en medio de mis pensamientos. El único recuerdo. El hombre del traje gris. ¿Dónde estoy?... siento miedo de repente. La tranquilidad que me rondaba comienza a esfumarse poco a poco como un ejercito en retirada... Tabaco. Necesito tabaco. Eso era lo que quería aquel hombre. Yo no lo tenía. Recuerdo las palmas de mis manos sudorosas rebuscando en los bolsillos. Temblorosas. De nuevo la mirada de aquel hombre se entromete en mis recuerdos. Abarcándolo todo. Aquellos ojos casi felinos. Amarillos. Vidriosos. No tengo tabaco. Ayer acabé el último paquete. No sé qué contestarle. Percibo el miedo. Mi negativa es un mal augurio. Y lo sé porque lo siento. El miedo no se razona. Se siente. Se huele. Como efluvios de vómito y alcohol. No lo ves venir. Entra siempre por la puerta de atrás. Esa puerta que en nuestros más remotos sueños siempre olvidamos cerrar. Ese punto vulnerable de nuestro sistema de defensa frente a lo desconocido. Ese desespero que se apodera de nosotros cuando, victoriosos, pensamos que el miedo está fuera de nuestra casa y, a modo de flash, recordamos, acto seguido, esa puerta de atrás... la que nunca cierra bien. La que adopta la forma de vieja cancela chirriante y sin cerrojo. La que nos conduce al desván a través de un alargado pasillo iluminado pobremente por una sola bombilla cuya luz tintinea. Esa puerta al final de un corredor donde danzan las sombras. La que deja abierta una posibilidad a lo desconocido, a lo terrible. Esa puerta que te deja cada noche pensando. La puerta por la que escapa nuestra seguridad.

Hace frío. Lo percibo como sensación pero no me molesta. Advierto una ligera claridad en el ambiente. Aprecio el cielo. Ya puedo verlo. Debe ser de madrugada. Esa hora fría y mágica que precede al alba. Esa hora dónde se materializan los más prodigiosos sueños de las hadas o las intenciones más negras del mismísimo infierno.

Unos primerizos rayos de sol se dejan ver tímidamente, como pidiendo permiso. Estoy cansado. Muy cansado. Pero en el fondo vuelve a brotar en mi una indescriptible sensación de bienestar. En cuanto encuentre fuerzas suficientes para levantarme volveré a casa. Si es que la tengo. Todavía no alcanzo a recuperar mis recuerdos. Sólo sé... sólo sé que anoche salí para tomar unas cervezas... debí acabar borracho y por eso he pasado la noche en este lugar, es la única explicación. Mi visión ya alcanza a pecibir las farolas de la calle donde me encuentro. No con toda su definición, pero reconozco el espectro de luz que irradian. Evidentemente está amaneciendo. Lo sé porque no se las ve con esa luz clara que destaca y alumbra en la nocturnidad sino con el breve reflujo amarillo que permanece en ellas un tiempo antes de apagarse. Una hilera de luces amarillas. Como luciérnagas. Como aquellos ojos. Un estremecimiento recorre mi cuerpo al recordar, de nuevo, a aquel hombre. El hombre del traje gris. Lo recuerdo mirándome... sí, en la barra del bar. Su imagen llega cada vez más clara. Al fin parezco estar despertando verdaderamente de este letargo. Su imagen me da miedo. Es lo que más temo en este mundo. Y yo no tengo tabaco. Eso es lo que él me pedía. Estaría más tranquilo si pudiera ofrecerle un cigarrillo. Su agobiante expresión no se me va de la cabeza. Alto y delgado. Aunque el adjetivo sería más bien largo. Embutido en un viejo traje gris, raído, sucio. De unos cuarenta años. La piel gastada, envejecida prematuramente. Una barba pelirroja enmarañada a juego con su cabello sucio. El cabello de Judas. Las manos grandes y trabajadas. Como las de un labrador. Las uñas negras. Podría pasar por cualquier mendigo de los que abundan en la ciudad. Pero algo temeroso envolvía aquella extraña figura. Algo que salía de sus ojos... amarillos. Daba la impresión de no ser humano. Imponía el respeto de quien se sabe frente a un... animal. Había algo animalesco en su acecho, en sus formas. En aquella mirada cazadora, salvaje. En aquellos extraordinarios ojos amarillos... reptilianos. Aquel hombre estaba borracho. Era incofundible el vidrio aguado de aquellos ojos. Rezumaban alcohol. No sé de dónde cobra vida ese recuerdo. Debe ser procucto de mi imaginación... aunque en el fondo sé que ese hombre existe, ha estado frente a mí, lo conozco...

Pasa el tiempo, yo diría que las horas. La luz del sol va cobrando protagonismo en este pequeño espacio de mi limitada existencia. Ahora puedo ver la calle en la que me encuentro, aprecio cada vez más sus formas. Ya veo las farolas con total nitidez. Se alinean formando una mediana que separa ambos sentidos de circulación. A ambos lados de la carretera se alzan, en hileras, los cenicientos edificios de nuestra ciudad. Monumentos a la fealdad que sólo debemos a la funcional arquitectura de nuestro siglo y a la permanente acción y devastación de los tubos de escape. Ahora empiezo a tomar conciencia... estoy en mi calle... mi vieja calle. Más aún. Me encuentro sentado en mi portal. Justo debajo del portero automático. Apoyada mi espalda en la pared. A mi derecha la puerta de mi bloque. Definitivamente debí tomar varias copas de más. Caminaría borracho, tambaleándome. Y al final me desplomé derrumbado en mi mismo portal sin fuerzas para subir a casa. Eso debió pasar. O quizá olvidé las llaves. No pude entrar y a mi ebria condición no le importó pasar la noche en el portal. Intento incorporarme pero no puedo. Me duele un poco el pecho... aunque no estoy seguro. Es extraño. Sé que me duele pero no siento el dolor. Como esa sensación mezcla de invulnerabilidad, somnolencia y bienestar que produce la anestesia. Imagino que será fruto de haber pasado la noche en la calle. Una mala postura.

Me escuecen los ojos. Algo sobrenatural se ha apoderado de mi entorno. O de mi mente. Luces. Miles de luces inundan el paisaje urbano donde me encuentro tendido. Destellos que van y vienen. Fogonazos de luz que irrumpen en mi pupila para después perderse y, en una fracción de segundo, volver a aparecer de nuevo. Luces de colores. No es la luz blanca y natural que la naturaleza irradia con los primeros rayos del alba. Se trata de una luz artificial. Sacada de contexto. Tecnológica. Metálica. Mi confusión se acentúa a raíz de las innumerables sombras que danzan al efecto de cada destello tecnicolor. Una lluvia de colores que se encienden y se apagan. Similares a los descritos en los relatos del fenómeno O.V.N.I. Comienzo a sentir miedo. Retazos de lo que verdaderamente está pasando. Un frío que no es de este mundo se apodera poco a poco de mi cuerpo. De cada miembro. De cada órgano. Casi al instante aparecieron aquellas sombras. Los hombres de azul. Había por lo menos cuatro o cinco. Alguno quieto, como acechando, alerta, vigilante. Los demás como buscando algo alrededor de mí. Casi ajenos a mi presencia. No puedo decirles nada. El miedo ha paralizado todos los músculos de mi cuerpo. Uno de esos hombres azules se separa del resto y me dirige su atención. Sigo sin poder moverme. Al instante, como salidos de su cara, me dispara una serie de haces luminosos que se van derramando como lluvia lenta y fina sobre mi cuerpo, mientras las luces de colores siguen invadiendo la zona cada vez con más intensidad. Algo nuevo entra en escena. Los hombres de azul dejan lo que sea que estuvieran haciendo y vuelven su rostro a una misma dirección.

Cuatro nuevas sombras se acercan. Con paso autoritario. Los hombres de azul se dirigen hacia estos nuevos visitantes. En un principio temo por ellos. Se van acercando a mí. Vienen a por mí. El miedo crece insoportablemente. Ahora veo algo mejor. Dos de ellos escriben algo y hablan con el tercero. El cuarto personaje se dirige hacia mí. Lo tengo delante. Se agacha. Extiende su mano. Su dedo. Me roza el cuello. Y fue en ese mismo instante, al roce de la yema de su dedo contra mi piel, cuando la comprensión de esta funesta y aparentemente sobrenatural realidad, se derramó sobre mí como un jarro de agua fría. Sentí una punzada en el pecho. Parecía dolor... pero evidentemente no me dolía. Por vez primera fui consciente de la palidez cadavérica de mis manos. De mi extrema rigidez que yo atribuía al cansancio o a la resaca. De la mancha carmesí que se extendía a lo largo y ancho de mi camisa blanca y que confluía en un punto central del pecho. Instintivamente quise llevar mi mano allí... pero no pude. Tampoco pude gritar. Ni siquiera articular palabra. Y entonces acabé por comprenderlo todo. Las luces azules y rojas que emanaban de las sirenas instaladas en los coches patrulla. El uniforme azul de los miembros del Cuerpo Nacional de Policía. La recogida de los vestigios, tendentes a esclarecer los hechos, que pudieran quedar a mi alrededor y el flash del irremediable reportaje fotográfico. Y por último los cuatro hombres que cerrarían la diligencia de levantamiento del cadáver: el juez, el secretario, el funcionario de auxilio... y el que, por último, se dirigió a mí... el médico forense. Y antes de que la noche eterna se derramara sobre mí con su implacable negrura fui consciente de la historia de aquella noche.

Salí del bar. Serían las dos de la madrugada. Me había despedido de mis amigos y me dirigía a casa. Ya cerca de mi portal advertí una sombra que se acercaba de frente por la misma acera. A la luz de las farolas lo distinguí. Era aquel pobre borracho que habíamos visto mis amigos y yo minutos antes en el bar. Cabello y barba pelirroja. Sucio y despeinado. Un viejo traje gris raído y pasado de moda. Efluvios de alcohol a metros de distancia. Aceleré el paso para llegar a mi portal pero él hizo lo mismo. Me asombré de su extraordinaria agilidad a pesar del estado en que se encontraba. Saqué las llaves de mi portal pero cuando las dirigí a la cerradura me di cuenta que lo tenía frente a frente. Nos miramos los dos. Hasta ahora sólo había sentido la molestia propia de quien se quiere quitar un borracho de encima pero, al mirarlo a los ojos, sentí miedo. Aquellos ojos amarillos, líquidos... aquella mueca de desdén y arrogancia no presagiaba nada bueno. En aquel momento fui consciente del peligro. Con gesto rápido me cogió el brazo, con la fuerza de una tenaza, al tiempo que se dirigía a mí.
-¿Tiene usted un cigarro amigo?...
Tanteé los bolsillos con la palma de la mano empapada en sudor, temblorosa.
-Lo siento caballero, no me queda nada... -dije tragando saliva e intentando aparentar seguridad. Él acentuó su mueca, como una hiena ante su presa.
-Pues si no tiene tabaco déme ahora mismo todo lo que lleve encima, deprisa.
En un segundo fui consciente de la situación. Su garra atenazó mi brazo con más fuerza. Pude haberle dado todo. Pero en aquel momento aposté por la resistencia. Quise zafarme. Un movimiento brusco, un empellón. Un breve forcejeo hasta que el brillo metálico de su mano libre se hundió definitivamente en mi pecho sin ninguna misericordia.


EL PÁJARO ESPINO.

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